La peligrosa Emocracia

J. Diego Carro

Aunque Sí, has leído bien: "Emocracia" Ya lo decía Blaise Pascal: "El corazón tiene razones que la razón no entiende" Y, cuando se trata de tomar decisiones importantes, decisiones que pueden afectar al futuro a medio y largo plazo,  ahí es donde puede comenzar el problema. Las emociones son respuestas adaptativas primarias (es decir, prácticamente inmediatas) del organismo ante determinados estímulos, es decir, ante una determinada señal el organismo responde sin ningún tipo de pensamiento y, por tanto, sin ningún tipo de análisis ni medida sobre las posibles consecuencias de esa reacción. La razón, por el contrario, lleva implícitos el análisis, la valoración y, en su caso, una toma de decisiones en función de los datos aportados y de las posibles consecuencias que llevará aparejada dicha decisión. Entendiendo lo anterior está claro que cuando se trata de decidir algo que atañe al futuro se impone la razón: un estudio cuidadoso y objetivo de la información disponible y, como mínimo, una valoración en base no sólo a hechos sino a las posibles consecuencias de cada opción. Si además se trata de decisiones importantes, en las que está en juego el futuro personal o de cualquier grupo social, se debería, además, establecer distintos escenarios en los que se valorase las diferentes evoluciones que pudiesen acontecer en el entorno. La emoción, por su parte, "nubla la razón", centrándose tan sólo en lo inmediato sin valoración de ningún tipo de consecuencia, lo cual puede ser tremendamente peligroso para el futuro. El problema es que, como tantas otras cosas, tampoco nos han enseñado a diferenciar estos conceptos y, menos aún, cuando personas interesadas (a nivel tanto personal como social o institucional) manipulan la información, de manera tendenciosa, favoreciendo que la emoción se mantenga y, de forma derivada, se faciliten todo tipo de sesgos de pensamiento. En los últimos tiempos estamos asistiendo a una proliferación de decisiones grupales, especialmente en el ámbito de la política, en los que las personas votan cada vez más en base a emociones tales como la ira, el resentimiento, el miedo, el orgullo o la venganza, sin pensar en las implicaciones a medio y largo plazo de esas decisiones. Si en el ámbito personal es peligroso tomar decisiones emocionales, en el ámbito social y político puede implicar funestas consecuencias a nivel tanto social como económico. siendo al final, "los emotivos" los principales perjudicados y los manipuladores los beneficiados. Al haber comenzado con una cita no puedo resistir la tentación de terminar con un par de ellas. Sir Wiston Churchill dijo en su día que "la democracia es el menos malo de los sistemas políticos" Cuando la democracia pasa a ser Emocracia estamos, sin duda, ante un gran peligro... porque, una vez más, no nos han enseñado lo fundamental, es decir, a decidir con el cerebro y no con el corazón o, al menos, a llegar a un equilibrio razonable.   © J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogos
Artículos recientes del mismo autor: Tú que tambien pensaste que la vida era eterna. El día despues del 11-M Día de la mujer, día de la persona. Carnavales. ¿Cuál es tu máscara? Los estigmas y prejuicios afectan a nuestras relaciones ¿Dónde está la felicidad?
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Aunque Sí, has leído bien: "Emocracia" Ya lo decía Blaise Pascal: "El corazón tiene razones que la razón no entiende" Y, cuando se trata de tomar decisiones importantes, decisiones que pueden afectar al futuro a medio y largo plazo,  ahí es donde puede comenzar el problema. Las emociones son respuestas adaptativas primarias (es decir, prácticamente inmediatas) del organismo ante determinados estímulos, es decir, ante una determinada señal el organismo responde sin ningún tipo de pensamiento y, por tanto, sin ningún tipo de análisis ni medida sobre las posibles consecuencias de esa reacción. La razón, por el contrario, lleva implícitos el análisis, la valoración y, en su caso, una toma de decisiones en función de los datos aportados y de las posibles consecuencias que llevará aparejada dicha decisión. Entendiendo lo anterior está claro que cuando se trata de decidir algo que atañe al futuro se impone la razón: un estudio cuidadoso y objetivo de la información disponible y, como mínimo, una valoración en base no sólo a hechos sino a las posibles consecuencias de cada opción. Si además se trata de decisiones importantes, en las que está en juego el futuro personal o de cualquier grupo social, se debería, además, establecer distintos escenarios en los que se valorase las diferentes evoluciones que pudiesen acontecer en el entorno. La emoción, por su parte, "nubla la razón", centrándose tan sólo en lo inmediato sin valoración de ningún tipo de consecuencia, lo cual puede ser tremendamente peligroso para el futuro. El problema es que, como tantas otras cosas, tampoco nos han enseñado a diferenciar estos conceptos y, menos aún, cuando personas interesadas (a nivel tanto personal como social o institucional) manipulan la información, de manera tendenciosa, favoreciendo que la emoción se mantenga y, de forma derivada, se faciliten todo tipo de sesgos de pensamiento. En los últimos tiempos estamos asistiendo a una proliferación de decisiones grupales, especialmente en el ámbito de la política, en los que las personas votan cada vez más en base a emociones tales como la ira, el resentimiento, el miedo, el orgullo o la venganza, sin pensar en las implicaciones a medio y largo plazo de esas decisiones. Si en el ámbito personal es peligroso tomar decisiones emocionales, en el ámbito social y político puede implicar funestas consecuencias a nivel tanto social como económico. siendo al final, "los emotivos" los principales perjudicados y los manipuladores los beneficiados. Al haber comenzado con una cita no puedo resistir la tentación de terminar con un par de ellas. Sir Wiston Churchill dijo en su día que "la democracia es el menos malo de los sistemas políticos" Cuando la democracia pasa a ser Emocracia estamos, sin duda, ante un gran peligro... porque, una vez más, no nos han enseñado lo fundamental, es decir, a decidir con el cerebro y no con el corazón o, al menos, a llegar a un equilibrio razonable.   © J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogos
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