A   ninguna   persona   le   gusta   estar   mal   a   no   ser   que   tenga   una   seria   patología.   Somos   seres   sociales,   somos   seres   emocionales   ycuando sentimos un malestar emocional, tendemos a evitarlo, a “volver a sentirnos bien”. Lo   normal   en   cualquier   persona   cuando   siente   ese   malestar   emocional,   es   tender   a   buscar   apoyo   para   disminuirlo,   y   así,   nuestros   amigos, nuestros   conocidos   y   hasta   personas   con   las   que   nos   encontramos   de   una   manera   casual   en   determinadas   condiciones   que   favorecen   la comunicación,   sienten   la   necesidad   de   compartirnos   “sus   problemas”.   De   esto   saben   mucho   algunas   profesiones   en   las   que   se   favorece   un contacto   más   largo   y   tranquilo.   Profesionales   de   la   peluquería,   el   taxi   o   camareros   y   camareras   de   bares   y   pubs   son   excelentes   ejemplos. Con frecuencia he escuchado decir a más de uno: “¡Yo sí que soy psicólogo!  Si supieras todo lo que escucho aquí…” Muchas   veces   estas   personas   ni   siquiera   buscan   soluciones,   sino   simplemente,   sentir   que   alguien   les   escucha.   Lo   que   podríamos   llamar “rebajar   la   tensión”.Otras   veces   lo   que   buscan   es   escapar   de   la   soledad,   evadirse,   “reafirmarse   en   su   razón”.   Las   posibilidades   son   casi ilimitadas. Y… ¿a qué viene todo esto? Pues   a   que   cuando   vemos   a   alguien   con   un   problema,   casi   instantánea   y   automáticamente   sentimos   la   necesidad   de   ayudarle,   no   sólo   de escucharle, sino de “darle unos buenos consejos”. Estos consejos, lógicamente, se basan en la experiencia. En nuestra experiencia. Y es aquí donde creo que es importante reflexionar. La   mente   humana   es   un   sistema   tremendamente   complejo,   una   “máquina   de   precisión”   con   infinidad   de   mecanismos,   muchos   de   ellos muy   delicados.   Pero…   Y   la   mente   de   nuestro   interlocutor,   ese   que   nos   cuenta   sus   problemas,   y   también   la   nuestra…   ¿Qué   pasa   con   esas mentes? Y sobre todo… ¿qué pasa con nosotros? Lo   primero   es   que   deberíamos   ser   muy   conscientes   de   lo   que   acabamos   de   decir:   La   complejidad,   delicadez   y   fragilidad   del   sistema. Parece sencillo ¡Pero no lo es en absoluto! No   se   nos   ocurre   sacar   miel   de   una   colmena   sin   saber   cómo   hemos   de   hacerlo   y   sin   la   adecuada   protección   (o,   al   menos,   no   debería ocurrírsenos).   No   se   nos   ocurre   lanzarnos   al   río   a   salvar   a   alguien   que   se   ahoga   si   no   somos   expertos   nadadores   (o,   al   menos,   no   debería ocurrírsenos). No se nos ocurre ponernos a operar un esquince si no somos cirujanos… No somos conscientes de lo que ayuda o no. La experiencia no es un valor si no está respaldada por el conocimiento. ©  J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogo
NO TENGO TIEMPO
J.Diego Carro González
La tentación de ayudar
J.Diego Carro González
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A ninguna persona le gusta estar mal a no ser que tenga una seria patología. Somos seres sociales, somos seres emocionales ycuando sentimos un malestar emocional, tendemos a evitarlo, a “volver a sentirnos bien”. Lo normal en cualquier persona cuando siente ese malestar emocional, es tender a buscar apoyo para disminuirlo, y así, nuestros amigos, nuestros conocidos y hasta personas con las que nos encontramos de una manera casual en determinadas condiciones que favorecen la comunicación, sienten la necesidad de compartirnos “sus problemas”. De esto saben mucho algunas profesiones en las que se favorece un contacto más largo y tranquilo. Profesionales de la peluquería, el taxi o camareros y camareras de bares y pubs son excelentes ejemplos. Con frecuencia he escuchado decir a más de uno: “¡Yo sí que soy psicólogo!  Si supieras todo lo que escucho aquí…” Muchas veces estas personas ni siquiera buscan soluciones, sino simplemente, sentir que alguien les escucha. Lo que podríamos llamar “rebajar la tensión”.Otras veces lo que buscan es escapar de la soledad, evadirse, “reafirmarse en su razón”. Las posibilidades son casi ilimitadas. Y… ¿a qué viene todo esto? Pues a que cuando vemos a alguien con un problema, casi instantánea y automáticamente sentimos la necesidad de ayudarle, no sólo de escucharle, sino de “darle unos buenos consejos”. Estos consejos, lógicamente, se basan en la experiencia. En nuestra experiencia. Y es aquí donde creo que es importante reflexionar. La mente humana es un sistema tremendamente complejo, una “máquina de precisión” con infinidad de mecanismos, muchos de ellos muy delicados. Pero… Y la mente de nuestro interlocutor, ese que nos cuenta sus problemas, y también la nuestra… ¿Qué pasa con esas mentes? Y sobre todo… ¿qué pasa con nosotros? Lo primero es que deberíamos ser muy conscientes de lo que acabamos de decir: La complejidad, delicadez y fragilidad del sistema. Parece sencillo ¡Pero no lo es en absoluto! No se nos ocurre sacar miel de una colmena sin saber cómo hemos de hacerlo y sin la adecuada protección (o, al menos, no debería ocurrírsenos). No se nos ocurre lanzarnos al río a salvar a alguien que se ahoga si no somos expertos nadadores (o, al menos, no debería ocurrírsenos). No se nos ocurre ponernos a operar un esquince si no somos cirujanos… No somos conscientes de lo que ayuda o no. La experiencia no es un valor si no está respaldada por el conocimiento. ©  J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogo
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