El otro día iba por la calle, con cierta prisa, cuando me crucé con mi amigo Luis. Hacía bastante tiempo que no nos habíamos visto y nos saludamos efusivamente. Tras el intercambio inicial de todo encuentro, me miró y me dijo: “Oye, ¿tienes cinco minutos?” Como acabo de decir, iba con cierta prisa pero… ¿cómo le iba a decir que no? Así que, aun sabiendo que “cinco minutos” es una medida de tiempo tremendamente flexible, y consciente de que eso me implicaría acostarme muy tarde o aún dejar algunas cosas importantes sin terminar, mentí y le dije que sí y pasamos a una cafetería. Allí, agarrado a una cerveza él y a una botella de agua mineral con gas yo, comenzó a contarme “sus problemas”. Repetía lo mismo una y otra vez con diferentes matices y entonaciones, y después de la primera cerveza, vino otra y otra más. No buscaba soluciones niquería escuchar cualquier cosa que yo le pudiese decir más que mis asentimientos balbuceantes; simplemente quería “descargar”. Finalmente, y tras mirar varias veces con descaro creciente al reloj, me decidí a cortar y decirle que me tenía que marchar. Aún así, me costó bastante “desenganchar” hasta que finalmente llegó la despedida con el inevitable: “Bueno, chico, ¡hay que ver lo ocupado que estás siempre, a ver si un día podemos quedar y charlar con tranquilidad!” Por supuesto le dije que sí, que “a ver si…” y por fin pudesalir corriendo. Al día siguiente recordando la situación, me pregunté qué habría pasado si en lugar de preguntarme si tenía “cinco minutos”, me hubiese pedido que le prestase 200 euros. ¿Habría accedido tan sencillamente? ¿Me habría resignado como había hecho? o ... ¿directamente habría pensado algo así como “¡pero que caradura”!? ¿Se los habría dado con las misma facilidad que le regalé mis dos horas y media? Nótese que el tiempo me lo pidió directamente, y además, con engaño: (“cinco minutos”). Mientras que el dinero habría sido, al menos en teoría, un préstamo, algo que podría haber recuperado (el tiempo, no). ¿Cuántas veces a lo largo de la semana “prestamos”, casi sin pensar, “cinco minutos”? “Cinco minutos” que se transforman en horas; “cinco minutos” que nos cortan el ritmo de lo que estábamos haciendo”; “cinco minutos” que pueden repercutir en atrasar o dejar de hacer cosas prioritarias, “cinco minutos” que pueden acabar repercutiendo en nuestra productividad, en menor atención a nuestra familia, en menos descanso… “Cinco minutos” que además en muchas ocasiones, si lo pensásemos bien, cambiaríamos con gusto por esos 200 euros que tanto nos costaría prestar. Somos tremendamente avaros de nuestro dinero, dinero que va y viene, que se regenera, que se puede dejar y devolver, y sin embargo, regalamos sin reparo el único bien que tenemos y que no vuelve jamás:Nuestros “minutos”, nuestro tiempo… ¡Nuestra Vida! El único bien que si no administramos de manera correcta, puede hasta generarnos enfermedades y no pocos problemas personales, familiares y laborales. ©  J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogo
5 minutos
J.Diego Carro González
TUS DATOS ESTÁN  SEGUROS CON NOSOTROS. NUNCA SERÁN CEDIDOS A TERCEROS. info@minervapsicologos.com		     918 266 230						 669 746 930
TUS DATOS ESTÁN  SEGUROS CON NOSOTROS. NUNCA SERÁN CEDIDOS A TERCEROS.
El otro día iba por la calle, con cierta prisa, cuando me crucé con mi amigo Luis. Hacía bastante tiempo que no nos habíamos visto y nos saludamos efusivamente. Tras el intercambio inicial de todo encuentro, me miró y me dijo: “Oye, ¿tienes cinco minutos?” Como acabo de decir, iba con cierta prisa pero… ¿cómo le iba a decir que no? Así que, aun sabiendo que “cinco minutos” es una medida de tiempo tremendamente flexible, y consciente de que eso me implicaría acostarme muy tarde o aún dejar algunas cosas importantes sin terminar, mentí y le dije que sí y pasamos a una cafetería. Allí, agarrado a una cerveza él y a una botella de agua mineral con gas yo, comenzó a contarme “sus problemas”. Repetía lo mismo una y otra vez con diferentes matices y entonaciones, y después de la primera cerveza, vino otra y otra más. No buscaba soluciones niquería escuchar cualquier cosa que yo le pudiese decir más que mis asentimientos balbuceantes; simplemente quería “descargar”. Finalmente, y tras mirar varias veces con descaro creciente al reloj, me decidí a cortar y decirle que me tenía que marchar. Aún así, me costó bastante “desenganchar” hasta que finalmente llegó la despedida con el inevitable: “Bueno, chico, ¡hay que ver lo ocupado que estás siempre, a ver si un día podemos quedar y charlar con tranquilidad!” Por supuesto le dije que sí, que “a ver si…” y por fin pudesalir corriendo. Al día siguiente recordando la situación, me pregunté qué habría pasado si en lugar de preguntarme si tenía “cinco minutos”, me hubiese pedido que le prestase 200 euros. ¿Habría accedido tan sencillamente? ¿Me habría resignado como había hecho? o ... ¿directamente habría pensado algo así como “¡pero que caradura”!? ¿Se los habría dado con las misma facilidad que le regalé mis dos horas y media? Nótese que el tiempo me lo pidió directamente, y además, con engaño: (“cinco minutos”). Mientras que el dinero habría sido, al menos en teoría, un préstamo, algo que podría haber recuperado (el tiempo, no). ¿Cuántas veces a lo largo de la semana “prestamos”, casi sin pensar, “cinco minutos”? “Cinco minutos” que se transforman en horas; “cinco minutos” que nos cortan el ritmo de lo que estábamos haciendo”; “cinco minutos” que pueden repercutir en atrasar o dejar de hacer cosas prioritarias, “cinco minutos” que pueden acabar repercutiendo en nuestra productividad, en menor atención a nuestra familia, en menos descanso… “Cinco minutos” que además en muchas ocasiones, si lo pensásemos bien, cambiaríamos con gusto por esos 200 euros que tanto nos costaría prestar. Somos tremendamente avaros de nuestro dinero, dinero que va y viene, que se regenera, que se puede dejar y devolver, y sin embargo, regalamos sin reparo el único bien que tenemos y que no vuelve jamás:Nuestros “minutos”, nuestro tiempo… ¡Nuestra Vida! El único bien que si no administramos de manera correcta, puede hasta generarnos enfermedades y no pocos problemas personales, familiares y laborales. ©  J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogo
5 minutos
J.Diego Carro González