LO QUE TIENES QUE HACER ES…

J. Diego Carro

Estábamos terminando la comida, y una vez más escuche…: Lo que tienes que hacer es…” y algo dentro de mí se rebeló. Sentí que me surgía la emoción de rabia que se había ido acumulando después de unos cuantos “consejos”; sin embargo, reflexioné y me di cuenta de cuan a menudo era yo mismo el que utilizaba la dichosa frasecita.¡Qué fácilmente nos sale ese pequeño dictador que llevamos dentro!: ¡Lo que tienes que hacer es…! ¡Cómo hemos asumido el programa! Una vez más el entorno cultural nos ha ido modelando para ponernos en ese rol de superioridad, y es que, si pensamos un poco… ¿qué es lo que hay detrás de “lo que tienes que hacer es…”? Casi seguro que la primera respuesta que acudirá a nuestra mente (procedente, por supuesto, de “nuestra programación social”) es que sólo queremos dar un consejo, ayudar… ¡Ya! ¿Un consejo? ¿Nos lo han pedido? Y si fuese un consejo… ¿serían esas las palabras más adecuadas? ¿Por qué nos empeñamos en dar consejos a los demás cuando nos cuentan algo y probablemente, lo único que necesitan es ser escuchados? Más allá aún, ¿por qué no somos claros y cuando queremos un consejo, no lo pedimos directamente?Puede ser que, cuando realmente lo queremos, no lo pidamos porque eso de “pedir” nos cuesta y es que, inconscientemente, nos pone en una posición “de debilidad”. Pedir un consejo no deja de ser un riesgo por varias razones: Primero, pueden no dárnoslo; segundo, quedamos “deudores” y, tercero, podemos sentir la extraña “obligación” de que, ya que lo hemos pedido y nos lo han dado, deberemos seguirlo y… ¿qué pasa si ese consejo no nos convence?¡Complicada situación! Así que mejor… “dejarlo abierto” que, a lo mejor, el otro nos dice algo motu proprio (y es que la experiencia nos enseña que eso es lo que suele suceder, sobre todo con determinadas personas).   Claro que también puede ser que, simplemente, lo que queramos sea desahogarnos, ser escuchados, dejar fluir nuestras emociones sin más y entonces lo que menos necesitamos, desde luego, son los consejos, (y menos un “lo que tienes que hacer es…”). Pero analicemos también desde el otro lado, ¿por qué nos empeñamos en dar consejos cuando no nos los han pedido? Puede ser que “nos pongamos en su lugar” y “supongamos” que, sin pedírnoslo, nos lo está pidiendo. O también puede ser que al darlo, nuestro ego se fortalezca, porque inconscientemente se coloca en una clara posición de superioridad (al menos, para uno mismo) y de alguna manera quedamos “acreedores”. ¡Es el momento de mostrar nuestra gran sabiduría y experiencia! Por supuesto, no me estoy refiriendo a esa conversación sana, adulta, profunda, en la que los dos interlocutores saben lo que están haciendo, en la que uno ha pedido abiertamente ese consejo y el otro, desde su corazón y, con todo su cariño, le está aportando su OPINION, sino a esos “monólogos alternativos” en los que cada cual va por su lado siguiendo su propio guión. Llegados a este punto podemos hacer una reflexión: Si no me han pedido consejo… ¿para qué ando yo diciendo a mi interlocutor “lo que tiene que hacer”? Y si me lo han pedido… ¿es esa la mejor manera de aportar algo? Tienes que”, ¡Imperativo! Poca capacidad nos deja al análisis, a la valoración, a la elección... ¡TIENES QUE! ¡¡¡ni más, ni menos!!! Y yo me pregunto… ¿desde qué gran autoridad y experiencia nos llega esa “directriz”? Lo peor es que encima, la mayoría de las veces, el “tienes que” viene sin que apenas nos hayan escuchado, sino que proviene desde “la experiencia”, el prejuicio, la suposición…. Afortunadamente, como ya estamos “vacunados”, ese “tienes que”, queda a nuestros oídos en un discurso vacío que muchas veces oímos pero pocas escuchamos.Y así la conversación queda en una forma más de gastar el tiempo, con el malestar de uno; que queda con la sensación de no haber sido escuchado y si “mandado”,  y la del otro; que queda con la sensación de no haber sido escuchado, o que “sus esfuerzo y sus buenas intenciones” no servirán para nada (bueno, siempre hay quien queda tremendamente satisfecho después de una buena ración de “tienes que…” ya que su ego no le permite ir más allá y ver que su “recomendación”no ha tenido efecto en su interlocutor). Yo me pregunto y dejo la pregunta en el aire… ¿realmente nos puede servir algo que viene precedido por ese “lo que tienes que hacer es…”?Desde luego, si hemos aprendido a ser adultos independientes, autoconscientes… lo más posible es que lejos de ayudarnos nos genere, inconscientemente, rechazo y hasta cierta rabia. Pero si lamentablemente, somos de los que “nos dejamos llevar”, nos quedaremos al menos, en un mar de dudas, sin saber muy claro que opción tomar.Y si finalmente, sólo queríamos conversar, dejar salir nuestras emociones ... lo más probable es que, de manera más o menos consciente, hayamos quedado frustrados y habiendo restado un punto más a nuestro interlocutor. Entonces… ¿qué hacer? Yo, con todos mis respetos, propongo: Primero, ¡escuchar! Ponernos en el lugar del que nos habla, tratar de sentir con él y, por supuesto, ¡no suponer nada! Si no nos pide consejos, opiniones… ¡nos las guardamos! Segundo, si realmente nos piden de manera explícita, nuestra opinión o consejo, no nos lancemos, parémonos a reflexionar y no pensemos en nosotros, sino en nuestro interlocutor. Posiblemente su situación no es la misma que la nuestra. Y tercero… poniéndonos en su lugar evitar desde luego el “lo que tienes que hacer es…” y más bien dar indicaciones: “por lo que me has contado…”,  “por lo que yo sé de esa historia…” Pero lo más importante es ser tremendamente humildes y respetuosos.  Ah!, y si pasado el tiempo, no han puesto en práctica vuestros consejos y la cosa no ha ido tal y como vuestro interlocutor esperaba… os recomiendo morderos fuertemente la lengua antes del “¡Te lo dije!” o “¡Te lo avisé!” Así que, según mi punto de vista, ya sabéis “lo que tenéis que hacer” cada vez que alguien os suelte la frasecita: ayudadle diciéndole lo que realmente esperáis de él, es decir, si quieren consejo o, simplemente, ser escuchados sin más.Y, si os escucháis a vosotros mismos diciéndola… ¡enhorabuena! Habéis dado un pasito más hacia la autoconsciencia. © J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogos
TUS DATOS ESTÁN  SEGUROS CON NOSOTROS. NUNCA SERÁN CEDIDOS A TERCEROS. info@minervapsicologos.com		     918 266 230						 669 746 930
918 266 230 669 746 930 Pide una cita

LO QUE TIENES QUE HACER ES…

J. Diego Carro

Estábamos terminando la comida, y una vez más escuche…: Lo que tienes que hacer es…” y algo dentro de mí se rebeló. Sentí que me surgía la emoción de rabia que se había ido acumulando después de unos cuantos “consejos”; sin embargo, reflexioné y me di cuenta de cuan a menudo era yo mismo el que utilizaba la dichosa frasecita.¡Qué fácilmente nos sale ese pequeño dictador que llevamos dentro!: ¡Lo que tienes que hacer es…! ¡Cómo hemos asumido el programa! Una vez más el entorno cultural nos ha ido modelando para ponernos en ese rol de superioridad, y es que, si pensamos un poco… ¿qué es lo que hay detrás de “lo que tienes que hacer es…”? Casi seguro que la primera respuesta que acudirá a nuestra mente (procedente, por supuesto, de “nuestra programación social”) es que sólo queremos dar un consejo, ayudar… ¡Ya! ¿Un consejo? ¿Nos lo han pedido? Y si fuese un consejo… ¿serían esas las palabras más adecuadas? ¿Por qué nos empeñamos en dar consejos a los demás cuando nos cuentan algo y probablemente, lo único que necesitan es ser escuchados? Más allá aún, ¿por qué no somos claros y cuando queremos un consejo, no lo pedimos directamente?Puede ser que, cuando realmente lo queremos, no lo pidamos porque eso de “pedir” nos cuesta y es que, inconscientemente, nos pone en una posición “de debilidad”. Pedir un consejo no deja de ser un riesgo por varias razones: Primero, pueden no dárnoslo; segundo, quedamos “deudores” y, tercero, podemos sentir la extraña “obligación” de que, ya que lo hemos pedido y nos lo han dado, deberemos seguirlo y… ¿qué pasa si ese consejo no nos convence?¡Complicada situación! Así que mejor… “dejarlo abierto” que, a lo mejor, el otro nos dice algo motu proprio (y es que la experiencia nos enseña que eso es lo que suele suceder, sobre todo con determinadas personas).   Claro que también puede ser que, simplemente, lo que queramos sea desahogarnos, ser escuchados, dejar fluir nuestras emociones sin más y entonces lo que menos necesitamos, desde luego, son los consejos, (y menos un “lo que tienes que hacer es…”). Pero analicemos también desde el otro lado, ¿por qué nos empeñamos en dar consejos cuando no nos los han pedido? Puede ser que “nos pongamos en su lugar” y “supongamos” que, sin pedírnoslo, nos lo está pidiendo. O también puede ser que al darlo, nuestro ego  se fortalezca, porque inconscientemente se coloca en una clara posición de superioridad (al menos, para uno mismo) y de alguna manera quedamos “acreedores”. ¡Es el momento de mostrar nuestra gran sabiduría y experiencia! Por supuesto, no me estoy refiriendo a esa conversación sana, adulta, profunda, en la que los dos interlocutores saben lo que están haciendo, en la que uno ha pedido abiertamente ese consejo y el otro, desde su corazón y, con todo su cariño, le está aportando su OPINION, sino a esos “monólogos alternativos” en los que cada cual va por su lado siguiendo su propio guión. Llegados a este punto podemos hacer una reflexión: Si no me han pedido consejo… ¿para qué ando yo diciendo a mi interlocutor “lo que tiene que hacer”? Y si me lo han pedido… ¿es esa la mejor manera de aportar algo? Tienes que”, ¡Imperativo! Poca capacidad nos deja al análisis, a la valoración, a la elección... ¡TIENES QUE! ¡¡¡ni más, ni menos!!! Y yo me pregunto… ¿desde qué gran autoridad y experiencia nos llega esa “directriz”? Lo peor es que encima, la mayoría de las veces, el “tienes que” viene sin que apenas nos hayan escuchado, sino que proviene desde “la experiencia”, el prejuicio, la suposición…. Afortunadamente, como ya estamos “vacunados”, ese “tienes que”, queda a nuestros oídos en un discurso vacío que muchas veces oímos pero pocas escuchamos.Y así la conversación queda en una forma más de gastar el tiempo, con el malestar de uno; que queda con la sensación de no haber sido escuchado y si “mandado”,  y la del otro; que queda con la sensación de no haber sido escuchado, o que “sus esfuerzo y sus buenas intenciones” no servirán para nada (bueno, siempre hay quien queda tremendamente satisfecho después de una buena ración de “tienes que…” ya que su ego no le permite ir más allá y ver que su “recomendación”no ha tenido efecto en su interlocutor). Yo me pregunto y dejo la pregunta en el aire… ¿realmente nos puede servir algo que viene precedido por ese “lo que tienes que hacer es…”?Desde luego, si hemos aprendido a ser adultos independientes, autoconscientes… lo más posible es que lejos de ayudarnos nos genere, inconscientemente, rechazo y hasta cierta rabia. Pero si lamentablemente, somos de los que “nos dejamos llevar”, nos quedaremos al menos, en un mar de dudas, sin saber muy claro que opción tomar.Y si finalmente, sólo queríamos conversar, dejar salir nuestras emociones ... lo más probable es que, de manera más o menos consciente, hayamos quedado frustrados y habiendo restado un punto más a nuestro interlocutor. Entonces… ¿qué hacer? Yo, con todos mis respetos, propongo: Primero, ¡escuchar! Ponernos en el lugar del que nos habla, tratar de sentir con él y, por supuesto, ¡no suponer nada! Si no nos pide consejos, opiniones… ¡nos las guardamos! Segundo, si realmente nos piden de manera explícita, nuestra opinión o consejo, no nos lancemos, parémonos a reflexionar y no pensemos en nosotros, sino en nuestro interlocutor. Posiblemente su situación no es la misma que la nuestra. Y tercero… poniéndonos en su lugar evitar desde luego el “lo que tienes que hacer es…” y más bien dar indicaciones: “por lo que me has contado…”,  “por lo que yo sé de esa historia…” Pero lo más importante es ser tremendamente humildes y respetuosos.  Ah!, y si pasado el tiempo, no han puesto en práctica vuestros consejos y la cosa no ha ido tal y como vuestro interlocutor esperaba… os recomiendo morderos fuertemente la lengua antes del “¡Te lo dije!” o “¡Te lo avisé!” Así que, según mi punto de vista, ya sabéis “lo que tenéis que hacer” cada vez que alguien os suelte la frasecita: ayudadle diciéndole lo que realmente esperáis de él, es decir, si quieren consejo o, simplemente, ser escuchados sin más.Y, si os escucháis a vosotros mismos diciéndola… ¡enhorabuena! Habéis dado un pasito más hacia la autoconsciencia. © J. Diego Carro Psicoingeniero y Psicagogo AB Minerva Psicólogos
TUS DATOS ESTÁN  SEGUROS CON NOSOTROS. NUNCA SERÁN CEDIDOS A TERCEROS.