Una pareja… ¿para qué?

(Un recorrido por la historia de “La Pareja”)

Yolanda Rincón

- ¿Pero cómo puedes vivir sin pareja? - ¿No te das cuenta de que a tus años..? - Es que se te va a pasar el arroz... - ¿A qué estas esperando? - ¿No ves que tus amigos ya han "sentado la cabeza"? - Hija mía, desde luego siempre has sido un poco rarita... Estas y algunas más son las frases que continuamente vengo escuchando desde hace algún tiempo. ¡Parece que todos los que me rodean se hubieran puesto de acuerdo!  Mi familia, mis amigos, hasta en el trabajo insisten en que necesito una pareja... Es cierto que he tenido mis romances... Unos me dejaron muy buen sabor de boca y otros no tanto, pero... ¡Es que yo estoy bien así! ¿Para qué quiero yo una pareja? ¿Para qué me serviría? Entonces, al preguntarles ¿para qué sirve una pareja?  he recibido respuestas de lo más variado: “Para compartir juntos cada momento”, “para tener seguridad sexual”, “para formar una familia y tener hijos”, “para potenciarse y crecer”, “para tener seguridad económica”, “para no estar solo en noches oscuras”… Y aquí es cuando empiezo a darle vueltas a la cosa y a preguntarme... Realmente, ¿para qué sirve hoy la pareja? ¿Para qué ha servido a lo largo de los tiempos? ¿La pareja fue un invento lógico e imprescindible ideado para satisfacer algún tipo de necesidad? ¿Realmente tiene un sentido utilitario? Pues… después de navegar por internet e investigar un poco... ¡parece que sí! Desde el punto de vista adaptativo, la pareja parecía ser de gran utilidad. Aquellos primates humanos que fueran capaces de establecer mecanismos de fuerte atracción y de fabricar sustancias neuroquímicas que los mantuvieran juntos durante el periodo de crianza tenían más posibilidades de reproducirse y perpetuarse. Nuestros antepasados empezaron a establecer vínculos de pareja y lazos afectivos ¿enamoramientos quizás? al menos durante los periodos de crianza. De esta forma parecieron conductas sexuales lúdicas y empezaron a establecerse parejas dentro del grupo. Pero no quedó ahí la cosa. Según algunos antropólogos (Badinter, 1986), a lo largo de los últimos 100.000 años imperó la vida en comunidad y las conductas cooperativas, dado que cuanto mayor fuese la cohesión del grupo, mayor sería la probabilidad de supervivencia.  Como afirma este autor, el elemento básico en las relaciones entre hombres y mujeres era la  complementariedad. El hombre cazaba y  protegía al grupo. La mujer recolectaba y se ocupaba de la prole.  Había una dependencia mutua debido a la obtención de recursos distintos.  En el Paleolítico, la interdependencia era la clave del respeto y del equilibrio social. Resulta difícil afirmar si uno de los dos sexos ostentaba más poder. Según los antropólogos, parece innegable la existencia de dos poderes, físico en el hombre y procreador en la mujer. ¡Qué gran invento la pareja! O, mejor dicho… ¡aquel modelo de pareja! Sin embargo, en el Neolítico las cosas empezaron a cambiar cuando la agricultura comenzó a tener mayor peso en detrimento de la caza lo que, en un principio, revalorizó el papel de la mujer en la sociedad. Dada la trascendencia que tenía la fertilidad (mujer-madre-tierra) en la vida social, fue el periodo en el que proliferaron las Diosas-Madre. En la Edad de Cobre con la aparición del arado, el varón participaba activamente en la agricultura dando paso a una etapa de máxima armonía. Esto, asociado al incremento de recursos y al modelo de vida sedentaria, dio como resultado un notable crecimiento demográfico. Tras el descubrimiento del papel del varón en el mecanismo reproductivo, se inició el proceso de toma de poder del hombre. Éste se hizo protagonista de la vida económica y social al tiempo que la mujer, mucho más dependiente por el incremento de embarazos e hijos, quedó relegada de la vida social y cultural pasando a ocupar un estatus social inferior. ¿Para qué servía la pareja, tal como estaba establecida hasta entonces? Si la pareja complementaria había dejado de resultar útil, se hacía necesario inventar un nuevo modelo… Aparecieron nuevas leyes de la propiedad y de la herencia por vía paterna que convirtieron a la mujer y a los hijos en objetos de propiedad del cabeza de familia. En diferentes sociedades surgió el modelo de familia patriarcal y pareja tradicional. ¿Para qué servía esta pareja? Para asegurar la descendencia legítima, la herencia y el poder supremo del hombre sobre la mujer y los hijos. Para producir hijos cuyo valor económico era notable como mano de obra para trabajar la tierra y también como guerreros. Se necesitaban muchos hijos para tener muchos soldados ya que había que proteger las ciudades. Sobre esta base, se construyó la cultura griega. El matrimonio era obligatorio y estaba regulado por contratos sociales. El matrimonio suponía cerrar un buen trato entre dos familias. En ocasiones, en cuanto una niña nacía, ya se sabía con quien se iba a casar. El padre entregaba a la hija al futuro marido que se convertía en su dueño. La mujer debía llegar virgen al matrimonio y tenía la obligación de ser fiel. Si no, podía ser repudiada por su marido. Esto no era extensivo al varón que podía tener más mujeres en casa. El gineceo era el territorio destinado a esposas, hijos y esclavas. La esposa era reservada para generar la descendencia legítima y como guardiana del hogar donde tenía el poder sobre las tareas domésticas, teniendo de esta forma un estatus superior a las “amantes”. Bajo este contexto en el que la pareja estaba reducida a una dimensión  política y económica,  la sexualidad era considerada como algo normal. No existía la noción de pecado ligado al sexo y al uso del cuerpo como elemento lúdico. Para el hombre que era considerado el amo de rango superior que gozaba de libertad ilimitada, eran usuales diferentes prácticas sexuales ya fuera en solitario o en grupo, con hombres, jóvenes, mujeres, utensilios… incluso se ensalzaba la homosexualidad. Se consideraba normal que un muchacho fuera el amante de un hombre mayor, el cual se ocupaba de la educación política, social, científica y moral del amado. Monogamia, poligamia, poliginia, concubinato, divorcio… A lo largo del tiempo la pareja fue adoptando el modelo que satisfacía las necesidades de cada sociedad. En la Edad Media la Iglesia cristiana tomó el poder e introdujo nuevos cambios. La pareja se legitimó en un acto religioso que imponía el casamiento para toda la vida. Mediante el  Sacramento del Matrimonio, la Iglesia aprobaba y regulaba la sexualidad de la pareja. Se exigía fidelidad también al marido siendo sancionado el adulterio para ambos esposos. Se imponía un amor caritativo, casto, que nacía después del matrimonio, justo después de ser bendecidos. La sexualidad solo servía para procrear nuevos cristianos. Criminalizado por la Iglesia Católica, el placer pasó a ser pecado ya que era considerado inmundo, cosa del diablo, quedando relegado a las prostitutas. ¿Para qué servía esta pareja? Sin lugar a dudas tenía una clara función en las estrategias económicas, políticas y religiosas, donde no existía la posibilidad de elegir (al menos para las mujeres) al ser amado.  Según el historiador Georges Duby (1981) “los ritos del matrimonio se han creado para formalizar de forma ordenada la distribución de las mujeres entre los hombres, para disciplinar alrededor de ellas la competencia masculina, para socializar la procreación. Designando quiénes son los padres, añaden otra filiación a la filiación materna, la única evidente. El matrimonio crea las relaciones de parentesco y toda la sociedad”. ¿Y el amor? El amor no quedó relegado, ya que paralelo a este modelo de pareja pactada al amparo de una sociedad patriarcal y machista, la literatura nos ha venido ofreciendo un amplio repertorio de novelas románticas en las que los protagonistas se revelaban ante el destino que les era impuesto, luchando por hacer valer sus sentimientos amorosos y su derecho a elegir al ser amado, empresa que solía acabar de forma trágica con la muerte de los protagonistas (Moliére, Sakespeare…) Pero, centrémonos en Europa. En Francia, a finales del siglo XIX el Código Napoleónico regula el matrimonio. El  cabeza de familia ostenta todo el poder, siendo la mujer propiedad del marido. Lo mismo ocurre en la España de principios del siglo XX donde los valores cristianos se reafirman aunque ahora antes de ser bendecidos por la Iglesia, hay que legitimar la unión en el Juzgado. El estado condena el adulterio y por supuesto no contempla el divorcio. Con el siglo XX comienza el principio del fin de los matrimonios arreglados. Los jóvenes emigran a las ciudades y empiezan a cuestionar las normas. Por primera vez se habla de amor de forma similar a como se hace hoy. Es la época de las tarjetas románticas, llenas de idílicos y dulces mensajes con los que los jóvenes se transmiten sus sentimientos amorosos y aunque es preciso pedir la mano de la amada  ¡al fin los amantes empiezan a elegirse mutuamente! Surgen las primeras demostraciones de amor en público y apunta un nuevo modelo de pareja. El siglo avanza y en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial se necesitan niños. El modelo machista sigue imperando y el matrimonio regula la relación amorosa. La maternidad cobra relevancia y una vez más el niño es la razón de ser de la pareja. La familia es lo más importante por lo que después de la boda, se sacrifica “la pareja” a favor de “la familia”. Dentro de ella se establece una jerarquía en la el hombre representa la autoridad. Es el amo protector, el cabeza de familia que trae el dinero a casa y ostenta todo el poder. La esposa le debe obediencia. No puede trabajar fuera de casa si no es con el consentimiento del marido. Su deber es atender a la familia, por tanto cuida de la casa, de los hijos y de los mayores. No se contempla el divorcio en este modelo de desigualdad de derechos, de obediencia y de amor para toda la vida. En Occidente, a finales de los años 60, surge una revolución en la que los jóvenes protestan contra el orden establecido. Reivindican la igualdad de los sexos en todos los ámbitos incluido el derecho a disfrutar y decidir sobre la propia sexualidad. Con la píldora anticonceptiva, la maternidad puede ser elegida. El divorcio se legaliza tras siglos de obligaciones e hipocresía. El placer deja de considerarse pecado. ¿Ha dejado de ser útil la pareja? ¿Ha dejado de ser útil la pareja clásica? ¿O, más bien la pareja avanza en su evolución y tanto el matrimonio como la familia han dejado de ser una obligación, un trámite o un paso obligatorio para la convivencia? Dado que la pareja puede existir con o sin hijos, ¿la pareja del siglo XXI estaría compuesta por dos individuos que en libertad desean ser felices y desarrollarse juntos? ¿Se hace necesario inventar un nuevo modelo? Parejas heterosexuales, parejas de hecho, parejas homosexuales, parejas abiertas, poliamor, follamigos, parejas swingers, familias monoparentales y familias extensas… Se trata de   parejas con o sin hijos que eligen en libertad el momento de su maternidad/paternidad. Por cierto, hablando de hijos… inseminación artificial, vientre de alquiler… Sin lugar a dudas, la pareja ya no es lo que era hace tan solo unas décadas. La sociedad evoluciona y las relaciones íntimas interpersonales adoptan, como vemos, diferentes formas. Surgen o emergen a la luz nuevos tipos de relaciones reivindicando el reconocimiento y aceptación del entorno.  Pare obvio  que se están  produciendo importantes cambios en la pareja frente a lo que representaba la pareja clásica. ¿Es posible que haya llegado el momento de inventar un nuevo modelo…? ¿De pareja? ¿De relación? ¿De familia? Llegados a este punto, yo me pregunto: ¿Para qué sirve hoy la pareja? O, más concretamente, ¿por qué y para qué "necesito" yo una pareja? ©  Yolanda Rincón Psicóloga, Máster en Sexualidad y Terapia de Pareja AB Minerva Psicólogos
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- ¿Pero cómo puedes vivir sin pareja? - ¿No te das cuenta de que a tus años..? - Es que se te va a pasar el arroz... - ¿A qué estas esperando? - ¿No ves que tus amigos ya han "sentado la cabeza"? - Hija mía, desde luego siempre has sido un poco rarita... Estas y algunas más son las frases que continuamente vengo escuchando desde hace algún tiempo. ¡Parece que todos los que me rodean se hubieran puesto de acuerdo!  Mi familia, mis amigos, hasta en el trabajo insisten en que necesito una pareja... Es cierto que he tenido mis romances... Unos me dejaron muy buen sabor de boca y otros no tanto, pero... ¡Es que yo estoy bien así! ¿Para qué quiero yo una pareja? ¿Para qué me serviría? Entonces, al preguntarles ¿para qué sirve una pareja?  he recibido respuestas de lo más variado: “Para compartir juntos cada momento”, “para tener seguridad sexual”, “para formar una familia y tener hijos”, “para potenciarse y crecer”, “para tener seguridad económica”, “para no estar solo en noches oscuras”… Y aquí es cuando empiezo a darle vueltas a la cosa y a preguntarme... Realmente, ¿para qué sirve hoy la pareja? ¿Para qué ha servido a lo largo de los tiempos? ¿La pareja fue un invento lógico e imprescindible ideado para satisfacer algún tipo de necesidad? ¿Realmente tiene un sentido utilitario? Pues… después de navegar por internet e investigar un poco... ¡parece que sí! Desde el punto de vista adaptativo, la pareja parecía ser de gran utilidad. Aquellos primates humanos que fueran capaces de establecer mecanismos de fuerte atracción y de fabricar sustancias neuroquímicas que los mantuvieran juntos durante el periodo de crianza tenían más posibilidades de reproducirse y perpetuarse. Nuestros antepasados empezaron a establecer vínculos de pareja y lazos afectivos ¿enamoramientos quizás? al menos durante los periodos de crianza. De esta forma parecieron conductas sexuales lúdicas y empezaron a establecerse parejas dentro del grupo. Pero no quedó ahí la cosa. Según algunos antropólogos (Badinter, 1986), a lo largo de los últimos 100.000 años imperó la vida en comunidad y las conductas cooperativas, dado que cuanto mayor fuese la cohesión del grupo, mayor sería la probabilidad de supervivencia.  Como afirma este autor, el elemento básico en las relaciones entre hombres y mujeres era la complementariedad. El hombre cazaba y  protegía al grupo. La mujer recolectaba y se ocupaba de la prole.  Había una dependencia mutua debido a la obtención de recursos distintos.  En el Paleolítico, la interdependencia  era la clave del respeto y del equilibrio social. Resulta difícil afirmar si uno de los dos sexos ostentaba más poder. Según los antropólogos, parece innegable la existencia de dos poderes, físico en el hombre y procreador en la mujer. ¡Qué gran invento la pareja! O, mejor dicho… ¡aquel modelo de pareja! Sin embargo, en el Neolítico las cosas empezaron a cambiar cuando la agricultura comenzó a tener mayor peso en detrimento de la caza lo que, en un principio, revalorizó el papel de la mujer en la sociedad. Dada la trascendencia que tenía la fertilidad (mujer-madre-tierra) en la vida social, fue el periodo en el que proliferaron las Diosas-Madre. En la Edad de Cobre con la aparición del arado, el varón participaba activamente en la agricultura dando paso a una etapa de máxima armonía. Esto, asociado al incremento de recursos y al modelo de vida sedentaria, dio como resultado un notable crecimiento demográfico. Tras el descubrimiento del papel del varón en el mecanismo reproductivo, se inició el proceso de toma de poder del hombre. Éste se hizo protagonista de la vida económica y social al tiempo que la mujer, mucho más dependiente por el incremento de embarazos e hijos, quedó relegada de la vida social y cultural pasando a ocupar un estatus social inferior. ¿Para qué servía la pareja, tal como estaba establecida hasta entonces? Si la pareja complementaria había dejado de resultar útil, se hacía necesario inventar un nuevo modelo… Aparecieron nuevas leyes de la propiedad y de la herencia por vía paterna que convirtieron a la mujer y a los hijos en objetos de propiedad del cabeza de familia. En diferentes sociedades surgió el modelo de familia patriarcal y pareja tradicional. ¿Para qué servía esta pareja? Para asegurar la descendencia legítima, la herencia y el poder supremo del hombre sobre la mujer y los hijos. Para producir hijos cuyo valor económico era notable como mano de obra para trabajar la tierra y también como guerreros. Se necesitaban muchos hijos para tener muchos soldados ya que había que proteger las ciudades. Sobre esta base, se construyó la cultura griega. El matrimonio era obligatorio y estaba regulado por contratos sociales. El matrimonio suponía cerrar un buen trato entre dos familias. En ocasiones, en cuanto una niña nacía, ya se sabía con quien se iba a casar. El padre entregaba a la hija al futuro marido que se convertía en su dueño. La mujer debía llegar virgen al matrimonio y tenía la obligación de ser fiel. Si no, podía ser repudiada por su marido. Esto no era extensivo al varón que podía tener más mujeres en casa. El gineceo era el territorio destinado a esposas, hijos y esclavas. La esposa era reservada para generar la descendencia legítima y como guardiana del hogar donde tenía el poder sobre las tareas domésticas, teniendo de esta forma un estatus superior a las “amantes”. Bajo este contexto en el que la pareja estaba reducida a una dimensión  política y económica,  la sexualidad era considerada como algo normal. No existía la noción de pecado ligado al sexo y al uso del cuerpo como elemento lúdico. Para el hombre que era considerado el amo de rango superior que gozaba de libertad ilimitada, eran usuales diferentes prácticas sexuales ya fuera en solitario o en grupo, con hombres, jóvenes, mujeres, utensilios… incluso se ensalzaba la homosexualidad. Se consideraba normal que un muchacho fuera el amante de un hombre mayor, el cual se ocupaba de la educación política, social, científica y moral del amado. Monogamia, poligamia, poliginia, concubinato, divorcio… A lo largo del tiempo la pareja fue adoptando el modelo que satisfacía las necesidades de cada sociedad. En la Edad Media la Iglesia cristiana tomó el poder e introdujo nuevos cambios. La pareja se legitimó en un acto religioso que imponía el casamiento para toda la vida. Mediante el Sacramento del Matrimonio, la Iglesia aprobaba y regulaba la sexualidad de la pareja. Se exigía fidelidad también al marido siendo sancionado el adulterio para ambos esposos. Se imponía un amor caritativo, casto, que nacía después del matrimonio, justo después de ser bendecidos. La sexualidad solo servía para procrear nuevos cristianos. Criminalizado por la Iglesia Católica, el placer pasó a ser pecado ya que era considerado inmundo, cosa del diablo, quedando relegado a las prostitutas. ¿Para qué servía esta pareja? Sin lugar a dudas tenía una clara función en las estrategias económicas, políticas y religiosas, donde no existía la posibilidad de elegir (al menos para las mujeres) al ser amado.  Según el historiador Georges Duby (1981) “los ritos del matrimonio se han creado para formalizar de forma ordenada la distribución de las mujeres entre los hombres, para disciplinar alrededor de ellas la competencia masculina, para socializar la procreación. Designando quiénes son los padres, añaden otra filiación a la filiación materna, la única evidente. El matrimonio crea las relaciones de parentesco y toda la sociedad”. ¿Y el amor? El amor no quedó relegado, ya que paralelo a este modelo de pareja pactada al amparo de una sociedad patriarcal y machista, la literatura nos ha venido ofreciendo un amplio repertorio de novelas románticas en las que los protagonistas se revelaban ante el destino que les era impuesto, luchando por hacer valer sus sentimientos amorosos y su derecho a elegir al ser amado, empresa que solía acabar de forma trágica con la muerte de los protagonistas (Moliére, Sakespeare…) Pero, centrémonos en Europa. En Francia, a finales del siglo XIX el Código Napoleónico regula el matrimonio. El cabeza de familia ostenta todo el poder, siendo la mujer propiedad del marido. Lo mismo ocurre en la España de principios del siglo XX donde los valores cristianos se reafirman aunque ahora antes de ser bendecidos por la Iglesia, hay que legitimar la unión en el Juzgado. El estado condena el adulterio y por supuesto no contempla el divorcio. Con el siglo XX comienza el principio del fin de los matrimonios arreglados. Los jóvenes emigran a las ciudades y empiezan a cuestionar las normas. Por primera vez se habla de amor de forma similar a como se hace hoy. Es la época de las tarjetas románticas, llenas de idílicos y dulces mensajes con los que los jóvenes se transmiten sus sentimientos amorosos y aunque es preciso pedir la mano de la amada ¡al fin los amantes empiezan a elegirse mutuamente! Surgen las primeras demostraciones de amor en público y apunta un nuevo modelo de pareja. El siglo avanza y en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial se necesitan niños. El modelo machista sigue imperando y el matrimonio regula la relación amorosa. La maternidad cobra relevancia y una vez más el niño es la razón de ser de la pareja. La familia es lo más importante por lo que después de la boda, se sacrifica “la pareja” a favor de “la familia”. Dentro de ella se establece una jerarquía en la el hombre representa la autoridad. Es el amo protector, el  cabeza de familia que trae el dinero a casa y ostenta todo el poder. La esposa le debe obediencia. No puede trabajar fuera de casa si no es con el consentimiento del marido. Su deber  es atender a la familia, por tanto cuida de la casa, de los hijos y de los mayores. No se contempla el divorcio en este modelo de desigualdad de derechos, de obediencia y de amor para toda la vida. En Occidente, a finales de los años 60, surge una revolución en la que los jóvenes protestan contra el orden establecido. Reivindican la igualdad de los sexos en todos los ámbitos incluido el derecho a disfrutar y decidir sobre la propia sexualidad. Con la píldora anticonceptiva, la maternidad puede ser elegida. El divorcio se legaliza tras siglos de obligaciones e hipocresía. El placer deja de considerarse pecado. ¿Ha dejado de ser útil la pareja? ¿Ha dejado de ser útil la pareja clásica? ¿O, más bien la pareja avanza en su evolución y tanto el matrimonio como la familia han dejado de ser una obligación, un trámite o un paso obligatorio para la convivencia? Dado que la pareja puede existir con o sin hijos, ¿la pareja del siglo XXI estaría compuesta por dos individuos que en libertad desean ser felices y desarrollarse juntos? ¿Se hace necesario inventar un nuevo modelo? Parejas heterosexuales, parejas de hecho, parejas homosexuales, parejas abiertas, poliamor, follamigos, parejas swingers, familias monoparentales y familias extensas… Se trata de  parejas con o sin hijos que eligen en libertad el momento de su maternidad/paternidad. Por cierto, hablando de hijos… inseminación artificial, vientre de alquiler… Sin lugar a dudas, la pareja ya no es lo que era hace tan solo unas décadas. La sociedad evoluciona y las relaciones íntimas interpersonales adoptan, como vemos, diferentes formas. Surgen o emergen a la luz nuevos tipos de relaciones reivindicando el reconocimiento y aceptación del entorno.  Pare obvio  que se están  produciendo importantes cambios en la pareja frente a lo que representaba la pareja clásica. ¿Es posible que haya llegado el momento de inventar un nuevo modelo…? ¿De pareja? ¿De relación? ¿De familia? Llegados a este punto, yo me pregunto: ¿Para qué sirve hoy  la pareja? O, más concretamente, ¿por qué y para qué "necesito" yo una pareja? ©  Yolanda Rincón Psicóloga, Máster en Sexualidad y Terapia de Pareja AB Minerva Psicólogos
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