El miedo… ¿amigo o enemigo?

Yolanda Rincón

- ¿Qué es el miedo? Me preguntaron. - Pues, depende... - Depende... ¿de qué? Ufff... complicado de responder. Sin embargo, lo que sí puedo afirmar es que somos compañeros inseparables. A lo largo del tiempo, el miedo o, mejor dicho, "mi miedo", ha sido desde  mi mejor amigo hasta mi mayor enemigo. Desde que puedo recordar, ha sido ese amigo fiel que siempre me acompañaba en momentos de peligro. Es el que de niña me hacía correr hacia mi madre para que me protegiera de los desconocidos, el que me hacía coger su mano cuando temía caerme o se me acercaba un perro enorme. Es el me hacía pararme en los semáforos y esperar al muñequito verde por temor a ser atropellada. Es el que me impulsaba a estudiar la lección por miedo al suspenso e, incluso a veces, por miedo a quedarme sin el regalo de fin de curso. Es el que me hizo salir corriendo cuando quisieron robarme el móvil. Es el que me estimulaba a buscar trabajo porque temía no ser autosuficiente y no poder mantenerme ni a mí ni a mi familia. Así podría seguir describiendo un sinfín momentos en los que "mi amigo miedo" me ha acompañado. Sin embargo no siempre ha sido tan buen compañero. La cosa empezó a no funcionar tan bien entre nosotros cuando dejaba de ser ese bondadoso protector, proveedor de estímulos e impulsor en la vida y se convertía, poco a poco, paso a paso, en un despiadado depredador que me limitaba, me robaba las fuerzas, la libertad, la confianza en mí misma y la autoestima. Aprendí a ser una niña muy buena. Me comía todo, todo, para que mi mamá y mi abuelita no se enfadasen y me quisieran mucho. Aprendí a ser muy obediente y "muy educadita"... ¡"Que nadie tenga que llamarme la atención por algo que tú has hecho"! Además, no decir algo inadecuado era muy importante, porque así ni ellos (mi familia) ni yo quedaríamos en ridículo. Cuando era una adolescente, me sometía a los deseos de mis amigos por miedo a ser rechazada, a no "ser de los suyos" y quedarme "sola" y fuera del grupo. Más tarde, me sometía a los deseos y gustos de mi pareja por miedo a que dejase de quererme... Mi "enemigo miedo" me paralizaba cuando tenía que hacer una presentación en el instituto; incluso a la hora de hablar y manifestar opiniones ante otras personas, me temblaban las piernas y me sudaban las manos. ¿Qué pensarán de mí? ¿Y si no les parece bien lo que digo o hago? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si no soy suficientemente buena? ¿Y si me equivoco? ¿Y si?.. ¡Qué ganas de huir! ¡Si pudiera desaparecer por un instante! Mi "enemigo miedo" me empujó a hacer mil dietas, a disfrazarme según la moda que tocaba cada temporada, a ponerme los tacones que me destrozaban los pies; me obligó a fumar aunque me dieran nauseas,  a tomar la bebida de moda aunque no me gustase... Me impedía acercarme al chico que más me gustaba, sacarle a bailar, proponerle tomar algo... ¿Y si yo no le gustaba a él? ¿Y si me decía que no? Cuando conocí a mi segunda pareja, mi "enemigo miedo" me susurró al oído que no era suficientemente buena para él, que encontraría a otra más guapa, más inteligente, más... más... más en todo que yo. Me hizo creer que algo tan bueno no podía ser cierto y, desde luego, no podría durar mucho tiempo. Mi "enemigo miedo" me boicoteaba a la hora de resolver cualquier problema, de tomar decisiones, desde las más insignificantes hasta las más trascendentes. Me limitaba cuando tenía que hacer una simple elección. Me hacía debatirme entre todas las opciones posibles y después... ¿Y si no había optado por la mejor solución? ¿Y si esa no era la decisión correcta? ¿Y si no hacía la elección más adecuada? ¿Y si no le gustaba a...? Gracias a la permanente compañía de ese inseparable enemigo, caía una y otra vez en esa parálisis del análisis que me impedía avanzar. Llegados a este punto, debo reconocer que, al menos en aquellos momentos, no era consciente de la fantástica "colección" de miedos que iba atesorando. Tampoco era capaz de saber si "eran de elaboración propia" o representaban el "maravilloso" legado recibido a lo largo de mi proceso educativo y socializador. Lo único que podía llegar a "sentir" es que, ese compañero inseparable y silencioso se hacía cada día más fuerte y poderoso dentro de mí y que extendía sus cadenas a todos los ámbitos de mi vida. Se hizo un hueco en mi relación de pareja; no sólo estaba condicionada por el miedo a la valoración que mi pareja pudiera hacer de mí ¡cuánto trabajo para ser suficientemente "buena", para ser esa mujer ideal que yo pensaba que tenía que ser para él!, sino también por el miedo a la valoración o, mejor dicho, a la infravaloración que la familia o los amigos puedan hacer sobre mi elección... ¿Y si no les gustaba? Tenía miedo a ser yo misma dentro de mis relaciones ¿dónde quedaba mi autoestima? Miedo a luchar por lo que quería, a pedir lo que me apetecía, lo que realmente deseaba para mí.  ¿Y si no le gustaba a los demás? ¿Y si no le gustaba a mi pareja?  ¿Qué iban a pensar? ¿Y si me decían que no? ¿Podrían castigarme por ese atrevimiento? ¡Incluso tuvo la osadía de meterse en mi cama, en pleno centro de mis relaciones más íntimas! ¿Cómo voy a pedirle lo que me gusta? ¿Cómo decirle lo que me apetece? ¿Qué pensará de mí? Cuando las cosas no funcionaban, también se hizo un espacio el miedo a qué dirán si nos separamos, el miedo a qué pasará con mis hijos e incluso el miedo a qué pensarán de mí mis hijos. Miedo a la soledad, miedo al dolor; miedo a empezar de nuevo, miedo a volver a equivocarme... Miedo a correr el riesgo de ser feliz durase el tiempo que durase... Me negaba una y otra vez a recibir el maravilloso regalo que tenía ante mí, a permitirme disfrutar de las oportunidades que llegaban a mi vida por el terrible miedo que me producía el dolor del adiós, un adiós ficticio que sólo existía dentro de mi imaginación... Mi "enemigo miedo", tampoco me permitía aventurarme ni arriesgarme en el trabajo. Apostar por mi propia valía. Miedo a solicitar el nuevo puesto, ese ascenso tan esperado que ahora era una realidad. ¿Y si me lo deniegan? ¿Cómo voy a soportar ese "no"? ¿Y si no estoy a la altura? ¿Y si no respondo a la confianza puesta en mí? ¿Y si no me gano el respeto de mis subordinados? ¿Y si no consigo sacar adelante el proyecto? ¿Y si no consigo triunfar? ¿Y si?.. Así, una vez tras otra, ese miedo daba paso primero a un intenso dolor por las oportunidades perdidas; más adelante surgían la rabia y la ira por haberme sometido una vez más a ese tirano  irracional que no sabía ni de dónde había salido ni cuándo se había colado dentro de mí. A continuación, más dolor, más rabia, más ira... me sentía como un animalito maltratado, dolorido y asustado que no sabía cómo escapar de su carcelero. Cuántas veces el miedo me paralizó. Cuántas veces me hizo aplazar decisiones, perder oportunidades... Cuántas veces me hizo aceptar lo inaceptable, decir sí cuando quería decir no. Cuántas veces después de haberme sometido al tirano, me consolaba a mi misma diciéndome que tendría que ser así, que sería lo que tuviera que ser, que todo pasaba por algo, que era parte de mi destino, que seguro que algo tendría que aprender... ¡Claro que tenía algo que aprender! Así, poco a poco, una idea se fue abriendo paso en mi consciencia... Había llegado el momento de decir ¡Basta! Se había hecho la luz en mi mente... No volvería a someterme a ese verdugo maltratador que nada me aportaba... ¡Haría lo que fuera preciso! No le permitiría que volviera a arrebatarme las riendas de mi propia vida, de mi propia felicidad. Así que el primer paso fue gritar: - "Enemigo miedo"... ¡Ya no tienes lugar en mi mundo ni en mi vida! En ese mismo momento supe que, si yo no quería, no habría nada que me impidiera cambiar ni mejorar cualquier aspecto de mi vida que no me gustase... ¡desde ese miso instante! Ya nada me detendría. Tenía claro mi primer objetivo...¡Vencer al miedo! Había dado un paso determinante y fundamental. Tenía un objetivo poderoso entre mis manos y decidí no esperar más. Era el día, la hora, el minuto y el segundo adecuado. En ese "ahora" comenzó un nuevo proyecto al que sabía que tendría que dedicar tiempo, trabajo y sobre todo un firme compromiso conmigo misma. Sólo cuando venciera al miedo podría empezar a volar... Lo haría, estaba decidida. Sabía que era el único camino que me permitiría romper mis ataduras, avanzar hacia la independencia, hacia la libertad, hacia el éxito, hacia la paz... También tenía muy claro que sola sería muy difícil lograrlo. A partir de ahí, el siguiente paso fue buscar la mejor ayuda posible. Hoy, después de un  tiempo, en este nuevo "ahora", me miro al espejo y contemplo una persona nueva, radiante, fuerte, libre, consciente... Hoy, en este nuevo "ahora", al mirar hacia atrás y contemplar el camino recorrido siento una enorme felicidad ya que aunque avanzar hasta aquí no ha sido sin esfuerzo, no puedo dejar de pensar... Qué difícil parecía y, sin embargo... ¡qué fácil resultó cuando el objetivo estuvo claro y encontré el camino para conseguirlo! ©  Yolanda Rincón Psicóloga, Máster en Sexualidad y Terapia de Pareja AB Minerva Psicólogos
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El miedo… ¿amigo o enemigo?

Yolanda Rincón

- ¿Qué es el miedo? Me preguntaron. - Pues, depende... - Depende... ¿de qué? Ufff... complicado de responder. Sin embargo, lo que sí puedo afirmar es que somos compañeros inseparables. A lo largo del tiempo, el miedo o, mejor dicho, "mi miedo", ha sido desde  mi mejor amigo hasta mi mayor enemigo. Desde que puedo recordar, ha sido ese amigo fiel que siempre me acompañaba en momentos de peligro. Es el que de niña me hacía correr hacia mi madre para que me protegiera de los desconocidos, el que me hacía coger su mano cuando temía caerme o se me acercaba un perro enorme. Es el me hacía pararme en los semáforos y esperar al muñequito verde por temor a ser atropellada. Es el que me impulsaba a estudiar la lección por miedo al suspenso e, incluso a veces, por miedo a quedarme sin el regalo de fin de curso. Es el que me hizo salir corriendo cuando quisieron robarme el móvil. Es el que me estimulaba a buscar trabajo porque temía no ser autosuficiente y no poder mantenerme ni a mí ni a mi familia. Así podría seguir describiendo un sinfín momentos en los que "mi amigo miedo" me ha acompañado. Sin embargo no siempre ha sido tan buen compañero. La cosa empezó a no funcionar tan bien entre nosotros cuando dejaba de ser ese bondadoso protector, proveedor de estímulos e impulsor en la vida y se convertía, poco a poco, paso a paso, en un despiadado depredador que me limitaba, me robaba las fuerzas, la libertad, la confianza en mí misma y la autoestima. Aprendí a ser una niña muy buena. Me comía todo, todo, para que mi mamá y mi abuelita no se enfadasen y me quisieran mucho. Aprendí a ser muy obediente y "muy educadita"... ¡"Que nadie tenga que llamarme la atención por algo que tú has hecho"! Además, no decir algo inadecuado era muy importante, porque así ni ellos (mi familia) ni yo quedaríamos en ridículo. Cuando era una adolescente, me sometía a los deseos de mis amigos por miedo a ser rechazada, a no "ser de los suyos" y quedarme "sola" y fuera del grupo. Más tarde, me sometía a los deseos y gustos de mi pareja por miedo a que dejase de quererme... Mi "enemigo miedo" me paralizaba cuando tenía que hacer una presentación en el instituto; incluso a la hora de hablar y manifestar opiniones ante otras personas, me temblaban las piernas y me sudaban las manos. ¿Qué pensarán de mí? ¿Y si no les parece bien lo que digo o hago? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si no soy suficientemente buena? ¿Y si me equivoco? ¿Y si?.. ¡Qué ganas de huir! ¡Si pudiera desaparecer por un instante! Mi "enemigo miedo" me empujó a hacer mil dietas, a disfrazarme según la moda que tocaba cada temporada, a ponerme los tacones que me destrozaban los pies; me obligó a fumar aunque me dieran nauseas,  a tomar la bebida de moda aunque no me gustase... Me impedía acercarme al chico que más me gustaba, sacarle a bailar, proponerle tomar algo... ¿Y si yo no le gustaba a él? ¿Y si me decía que no? Cuando conocí a mi segunda pareja, mi "enemigo miedo" me susurró al oído que no era suficientemente buena para él, que encontraría a otra más guapa, más inteligente, más... más... más en todo que yo. Me hizo creer que algo tan bueno no podía ser cierto y, desde luego, no podría durar mucho tiempo. Mi "enemigo miedo" me boicoteaba a la hora de resolver cualquier problema, de tomar decisiones, desde las más insignificantes hasta las más trascendentes. Me limitaba cuando tenía que hacer una simple elección. Me hacía debatirme entre todas las opciones posibles y después... ¿Y si no había optado por la mejor solución? ¿Y si esa no era la decisión correcta? ¿Y si no hacía la elección más adecuada? ¿Y si no le gustaba a...? Gracias a la permanente compañía de ese inseparable enemigo, caía una y otra vez en esa parálisis del análisis que me impedía avanzar. Llegados a este punto, debo reconocer que, al menos en aquellos momentos, no era consciente de la fantástica "colección" de miedos que iba atesorando. Tampoco era capaz de saber si "eran de elaboración propia" o representaban el "maravilloso" legado recibido a lo largo de mi proceso educativo y socializador. Lo único que podía llegar a "sentir" es que, ese compañero inseparable y silencioso se hacía cada día más fuerte y poderoso dentro de mí y que extendía sus cadenas a todos los ámbitos de mi vida. Se hizo un hueco en mi relación de pareja; no sólo estaba condicionada por el miedo a la valoración que mi pareja pudiera hacer de mí ¡cuánto trabajo para ser suficientemente "buena", para ser esa mujer ideal que yo pensaba que tenía que ser para él!, sino también por el miedo a la valoración o, mejor dicho, a la infravaloración que la familia o los amigos puedan hacer sobre mi elección... ¿Y si no les gustaba? Tenía miedo a ser yo misma dentro de mis relaciones ¿dónde quedaba mi autoestima? Miedo a luchar por lo que quería, a pedir lo que me apetecía, lo que realmente deseaba para mí. ¿Y si no le gustaba a los demás? ¿Y si no le gustaba a mi pareja?  ¿Qué iban a pensar? ¿Y si me decían que no? ¿Podrían castigarme por ese atrevimiento? ¡Incluso tuvo la osadía de meterse en mi cama, en pleno centro de mis relaciones más íntimas! ¿Cómo voy a pedirle lo que me gusta? ¿Cómo decirle lo que me apetece? ¿Qué pensará de mí? Cuando las cosas no funcionaban, también se hizo un espacio el miedo a qué dirán si nos separamos, el miedo a qué pasará con mis hijos e incluso el miedo a qué pensarán de mí mis hijos. Miedo a la soledad, miedo al dolor; miedo a empezar de nuevo, miedo a volver a equivocarme... Miedo a correr el riesgo de ser feliz durase el tiempo que durase... Me negaba una y otra vez a recibir el maravilloso regalo que tenía ante mí, a permitirme disfrutar de las oportunidades que llegaban a mi vida por el terrible miedo que me producía el dolor del adiós, un adiós ficticio que sólo existía dentro de mi imaginación... Mi "enemigo miedo", tampoco me permitía aventurarme ni arriesgarme en el trabajo. Apostar por mi propia valía. Miedo a solicitar el nuevo puesto, ese ascenso tan esperado que ahora era una realidad. ¿Y si me lo deniegan? ¿Cómo voy a soportar ese "no"? ¿Y si no estoy a la altura? ¿Y si no respondo a la confianza puesta en mí? ¿Y si no me gano el respeto de mis subordinados? ¿Y si no consigo sacar adelante el proyecto? ¿Y si no consigo triunfar? ¿Y si?.. Así, una vez tras otra, ese miedo daba paso primero a un intenso dolor por las oportunidades perdidas; más adelante surgían la rabia y la ira por haberme sometido una vez más a ese tirano  irracional que no sabía ni de dónde había salido ni cuándo se había colado dentro de mí. A continuación, más dolor, más rabia, más ira... me sentía como un animalito maltratado, dolorido y asustado que no sabía cómo escapar de su carcelero. Cuántas veces el miedo me paralizó. Cuántas veces me hizo aplazar decisiones, perder oportunidades... Cuántas veces me hizo aceptar lo inaceptable, decir sí cuando quería decir no. Cuántas veces después de haberme sometido al tirano, me consolaba a mi misma diciéndome que tendría que ser así, que sería lo que tuviera que ser, que todo pasaba por algo, que era parte de mi destino, que seguro que algo tendría que aprender... ¡Claro que tenía algo que aprender! Así, poco a poco, una idea se fue abriendo paso en mi consciencia... Había llegado el momento de decir ¡Basta! Se había hecho la luz en mi mente... No volvería a someterme a ese verdugo maltratador que nada me aportaba... ¡Haría lo que fuera preciso! No le permitiría que volviera a arrebatarme las riendas de mi propia vida, de mi propia felicidad. Así que el primer paso fue gritar: - "Enemigo miedo"... ¡Ya no tienes lugar en mi mundo ni en mi vida! En ese mismo momento supe que, si yo no quería, no habría nada que me impidiera cambiar ni mejorar cualquier aspecto de mi vida que no me gustase... ¡desde ese miso instante! Ya nada me detendría. Tenía claro mi primer objetivo...¡Vencer al miedo! Había dado un paso determinante y fundamental. Tenía un objetivo poderoso entre mis manos y decidí no esperar más. Era el día, la hora, el minuto y el segundo adecuado. En ese "ahora" comenzó un nuevo proyecto al que sabía que tendría que dedicar tiempo, trabajo y sobre todo un firme compromiso conmigo misma. Sólo cuando venciera al miedo podría empezar a volar... Lo haría, estaba decidida. Sabía que era el único camino que me permitiría romper mis ataduras, avanzar hacia la independencia, hacia la libertad, hacia el éxito, hacia la paz... También tenía muy claro que sola sería muy difícil lograrlo. A partir de ahí, el siguiente paso fue buscar la mejor ayuda posible. Hoy, después de un  tiempo, en este nuevo "ahora", me miro al espejo y contemplo una persona nueva, radiante, fuerte, libre, consciente... Hoy, en este nuevo "ahora", al mirar hacia atrás y contemplar el camino recorrido siento una enorme felicidad ya que aunque avanzar hasta aquí no ha sido sin esfuerzo, no puedo dejar de pensar... Qué difícil parecía y, sin embargo... ¡qué fácil resultó cuando el objetivo estuvo claro y encontré el camino para conseguirlo! ©  Yolanda Rincón Psicóloga, Máster en Sexualidad y Terapia de Pareja AB Minerva Psicólogos
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