¿Con qué gafas nos enamoramos?

Yolanda Rincón

-¡Cuánto ha llovido esta noche Paula! Me parece que hoy no vamos a ir al parque –le dije a mi hija mientras nos asomábamos a la ventana. Ella, con ese entusiasmo que caracteriza a los niños gritó -¡¡¡Bieeeeen!!! Sí, sí mama, vamos al parque! Nos ponemos las botas de agua y el chubasquero y jugamos a saltar charcos y a salpicarnos! Le salían chispas por los ojos y debo reconocer que a mí también me entusiasmó la idea. Ya casi se me había olvidado lo divertido que era saltar charcos y mancharse de agua y de barro. Ya en el parque, en plena fiesta saltarina, entre gritos y risas, nos encontramos a Sofía, una de sus compañeras del cole. Estaba muy triste porque “como los columpios estaban mojados, no había podido subir, ni jugar a nada de nada…”. Además, su madre estaba muy enfadada con ella y no paraba de regañarla porque “se había manchado los zapatos y el abrigo  de barro”. Paula me miraba atónita. Sofía se puso a llorar y su madre, cuyo enfado iba creciendo a cada minuto, dijo que ya “era muy tarde” y que tenían que volver rápido a casa… Mientras seguíamos saboreando ese día maravilloso, varias ideas se iban abriendo paso en mi mente: ¿Qué tiene de real la realidad? ¿Qué tiene de real nuestra realidad? ¿La construimos a medida que la experimentamos? ¿Con qué ojos miramos el mundo que nos rodea? Es cierto que a veces tenemos la impresión de que hay personas que “lo ven todo negro”. Incluso nosotros, a veces vemos todo negro; o “lo  vemos todo muy claro” o “color de rosa” o… ¿Cambiamos nuestros ojos o lo que va cambiando son las gafas que, consciente o inconscientemente nos vamos poniendo para mirar la realidad? Y ahí comenzaron mis reflexiones. Recordé cómo algunas de las personas que acuden a mi consulta, en plena fase de enamoramiento, me hablan del ser amado como un ser ideal y maravilloso, carente de defectos con quien van a ser felices toda la vida. Pasados unos meses, toda  esa realidad  se ha transformado y  esa misma persona pasa  a una nueva realidad, “solo tiene defectos”,  “todo era mentira”…  ¿Mentira..?  y así, la relación se va deteriorando hasta que termina. Seguramente, si pudiésemos hablar con la otra persona, nos contaría lo mismo.  ¿Qué ha sucedido? ¿Cambiaron las “gafas rosas del enamoramiento” por las “gafas negras del desamor”? Con frecuencia, este ciclo se repite en diferentes ocasiones a lo largo de nuestra vida ya que somos seres sociales que necesitan amar y ser amados y, aunque “no nos importa estar solos”, lo cierto es que nos encanta “estar en pareja”. Cuando estamos en búsqueda de pareja, ya sea porque no la tenemos o porque aún teniéndola, no nos encontramos satisfechos en la relación, de forma consciente o inconsciente buscamos a esa persona que nos satisfaga totalmente y con la que poder disfrutar el amor. En este caso nos movemos por nuestro entorno con los ojos muy abiertos o, mejor dicho, con unas gafas con las que enfocamos y seleccionamos a aquellas personas que tienen esos atributos que en ese momento son valorados por nosotros y que hemos echado de menos en nuestra actual o anteriores parejas dado que, de antemano, tenemos formada una idea sobre cómo nos gustaría que fuese la persona amada. De esta manera,  cuando nuestro  ser ideal  aparece ante nuestros ojos y cambiamos las “gafas de buscadores” por las “gafas rosas del enamoramiento”, se dispara en nuestro organismo una señal de alarma, entrando en ebullición y produciéndose una fuerte excitación nerviosa. El enamoramiento nos arrastra como un auténtico huracán. Se pone en marcha la química del amor y en nuestro cerebro se produce un aumento en la producción de dopamina, lo que nos hace sentir sensación de plenitud, euforia y cambios de humor. Se trata de un auténtico “cóctel amoroso” en el que, aumenta la producción de los neurotransmisores adrenalina y norepinefrina y disminuye la de serotonina. Otro compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas, la feniletilamina, inunda nuestro cerebro cuando estamos junto al ser amado. Gracias a ellas y al cóctel químico que nos inunda, tenemos la sensación de que nuestro cuerpo y nuestro cerebro han quedado fuera de todo control. Sobre todo en presencia del ser amado… Nuestro corazón late más deprisa, nos sube la presión arterial, sentimos palpitaciones e incluso hay momentos en los tenemos la sensación de que nos falta el aire. Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por el torrente sanguíneo. No es extraño que nos sintamos llenos de energía, belleza y, a edades avanzadas (y no tan avanzadas), “como rejuvenecidos”. Gracias al aumento de los niveles de endorfinas y encefalinas, tenemos la sensación de “andar todo el tiempo como en una nube”. Como consecuencia del aumento de los niveles de testosterona y progesterona, estamos más activos sexualmente, experimentando un aumento del deseo y de la frecuencia  del impulso sexual. Cuando vemos al ser amado nos ruborizamos, sentimos escalofríos, cosquilleos o lo que llamamos “mariposas en el estómago”. Pestañeamos más, nuestras pupilas se dilatan, la temperatura corporal se eleva y el organismo secreta sudor debido al nerviosismo. A unas personas les sudan las manos;  a otras la frente o los pies e incluso cambia nuestro olor corporal. En nuestro organismo se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular, lo que permite a los enamorados permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin apenas sensación de cansancio o de sueño. También puede producirse tanto hiperactividad como hipoactividad, de tal maneara que en unas ocasiones sentimos una energía arrolladora y en otras nos quedamos paralizados en presencia del ser amado. Además de estos y otros “síntomas físicos”, el enamoramiento también produce un amplio abanico de “síntomas psíquicos”  y de distorsiones de “la realidad”. Gracias al aumento de dopamina y norepinefrina, el ser amado se convierte en el centro del Universo en detrimento de cualquier otra cosa o persona. Todo gira en torno a ella o a él. Miramos al amado como algo único y nuevo. Cada vez que nos enamoramos  lo hacemos como “una experiencia nueva” gracias a que la dopamina favorece el aprendizaje de estímulos novedosos. El aumento de los niveles de norepinefrina, que favorece el recuerdo de estímulos nuevos, hace que recordemos detalles minúsculos de esa persona y del tiempo que hemos pasado juntos. La disminución de serotonina produce un pensamiento obsesivo haciendo que no seamos capaces de apartarle de nuestro pensamiento. Sentimos en todo momento la imperiosa necesidad física de estar en presencia de la otra persona. No concebimos vivir un solo minuto de nuestro tiempo sin estar a su lado. Aparece el irrefrenable deseo de ser correspondidos (nuestro mundo se hundiría si no lo fuésemos) y por supuesto de fusionarnos.  Buscamos la forma de tener cosas en común, nos aficionamos a aquello que jamás hubiésemos imaginado sólo por tener la oportunidad de compartir y agradar al otro. Si aparecen obstáculos en la relación, se produce el “efecto Romeo y Julieta” aumentando los niveles de dopamina en el cerebro, lo que hace que los síntomas anteriores se intensifiquen. ¡Nada puede interponerse entre nosotros! Idealizamos al otro, a quien vemos carente de defectos. Magnificamos sus virtudes, ya sean reales o imaginadas y nos vivenciamos a nosotros mismos con una clara sensación de omnipotencia. De esta manera, con toda esta maravillosa “química del amor” ocupando nuestro cerebro, nos vemos sumergidos en esa “locura pasajera” a la que Ortega y Gasset denominó estado de "Imbecilidad transitoria". Irremediablemente, llevamos puestas las chispeantes “gafas rosas del enamoramiento”. Así, en plena distorsión de la realidad y en una clara idealización tanto del otro como del yo, cuando contemplamos al  ser amado, no le vemos tal y como realmente es, sino que, con nuestras gafas rosas, sólo vemos aquello que responde a los atributos que tendría  la persona que nos gustaría que fuese. Los defectos quedan fuera del campo de visión de estas gafas y, lo que es más interesante, son capaces de enfocarse en “virtudes” que, en realidad no existen. Pero hete aquí que, si nos ponemos unas “gafas esotéricas y clarividentes” también “somos capaces de adivinar” cómo es la persona que a él/ella le gustaría que fuésemos y, a partir de estos datos, ya no somos nosotros mismos sino que tratamos lo más posible de adaptaros a esa visión imaginada. Este es el momento en el que intentamos transformar nuestro “Yo Real” por ese “Yo Ideal” que nos gustaría ser o por el “Yo Ideal” que creemos que el otro quiere tener a su lado. Y lo que complica más la cosa es que nuestra pareja está haciendo lo mismo con sus “Yo Reales”, sus “Yo Ideales” y los diferentes “Yoes” que nos atribuye. Llegados a este punto me pregunto… ¿Qué tendría de real esta realidad? ¿De cuántos sesgos la rodeamos? ¿Cuánto tardarán en caérsenos las gafas con las que nos miramos y miramos al otro? ¿Somos víctimas de…“enamoramiento”… “locura pasajera”… “cóctel  amoroso”…  “imbecilidad transitoria”… “borrachera de neurotransmisores”… o lo que realmente sucede es que vamos por el mundo viéndolo todo a través de esas maravillosas y chispeantes “gafas rosas del enamoramiento”? Por si no os lo había dicho, el enamoramiento tiene fecha de caducidad, aunque, ésta no sea la misma para cada miembro de la pareja. Por tanto, como era de esperar, inevitablemente en algún momento la borrachera amorosa que inundaba tanto nuestro cerebro como nuestro cuerpo se hace insostenible. Nuestro organismo tiene una tendencia innata al equilibrio y a la homeostasis. Los niveles de neurotransmisores se regulan. Los Yo Ideales dan paso a los Yo Reales. A las gafas rosas se les van empañando poco a poco los  cristales. Ha llegado la fase final del enamoramiento. Se trata de un tránsito en el que podemos pasar al todo era mentira o, por el contrario, podemos  aceptarnos tal como somos, tanto a nosotros mismos como a nuestra pareja. Es el momento de ponerse las “gafas negras del desamor” o graduarnos muy bien las “gafas del amor”. Con las “gafas negras del desamor”,  se acabó la química, la magia, la chispa… y vemos en la otra persona a alguien a quien no reconocemos. Ya no nos sentimos enamorados, finalizamos la relación y, pasado un tiempo comenzamos una nueva búsqueda. Con las “gafas del amor”, por el contrario, ¡llegó el momento en que estaremos en disposición de construir un modelo de amor  más consciente y maduro! Y es que, una cosa es estar enamorado y otra cosa muy distinta es amar. Lo primero es como estar en el centro de un huracán. Lo segundo es una travesía de la mano de nuestra pareja. Así que llegó la hora en que la turbulenta química anterior de paso a las “moléculas del amor”, oxitocina en las mujeres y vasopresina en los hombres, que intervienen en el establecimiento de relaciones de cariño, de apego, de compromiso o de responsabilidad. En definitiva, ha llegado el momento de asomarse a la ventana y decidir, independientemente de que haga frío o calor, de que brille el sol o esté nublado, de que haya nevado o diluviado la noche pasada, con qué gafas queremos mirar el parque por el que podremos pasear, o saltar charcos, o salpicarnos, o sentarnos en un banco o, sencillamente, saborear el amor junto a nuestro ser amado... Como todos hemos experimentado a lo largo de nuestra vida y de nuestras sucesivas relaciones,  unas veces  por cuestión de química y otras por cuestión de gafas, lo cierto es que, las cosas del amor, en ocasiones nos resultan mucho más complicadas de lo que nos gustaría.  Afortunadamente, para esos momentos en los que no nos sentimos felices con las gafas que llevamos puestas, o en los que todo parece tan borroso y complicado, deciros que, con las gafas adecuadas para cada caso y una correcta graduación, podremos llegar a ver las cosas  con total nitidez. Para ayudarnos a conseguirlo, existen “Ópticas Especializadas” en las que psicólogos expertos en terapia de pareja pueden prestarnos el apoyo que en cada caso podamos necesitar. ©  Yolanda Rincón Psicóloga, Máster en Sexualidad y Terapia de Pareja AB Minerva Psicólogos
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-¡Cuánto ha llovido esta noche Paula! Me parece que hoy no vamos a ir al parque –le dije a mi hija mientras nos asomábamos a la ventana. Ella, con ese entusiasmo que caracteriza a los niños gritó - ¡¡¡Bieeeeen!!! Sí, sí mama, vamos al parque! Nos ponemos las botas de agua y el chubasquero y jugamos a saltar charcos y a salpicarnos! Le salían chispas por los ojos y debo reconocer que a mí también me entusiasmó la idea. Ya casi se me había olvidado lo divertido que era saltar charcos y mancharse de agua y de barro. Ya en el parque, en plena fiesta saltarina, entre gritos y risas, nos encontramos a Sofía, una de sus compañeras del cole. Estaba muy triste porque “como los columpios estaban mojados, no había podido subir, ni jugar a nada de nada…”. Además, su madre estaba muy enfadada con ella y no paraba de regañarla porque “se había manchado los zapatos y el abrigo  de barro”. Paula me miraba atónita. Sofía se puso a llorar y su madre, cuyo enfado iba creciendo a cada minuto, dijo que ya “era muy tarde” y que tenían que volver rápido a casa… Mientras seguíamos saboreando ese día maravilloso, varias ideas se iban abriendo paso en mi mente: ¿Qué tiene de real la realidad? ¿Qué tiene de real nuestra realidad? ¿La construimos a medida que la experimentamos? ¿Con qué ojos miramos el mundo que nos rodea? Es cierto que a veces tenemos la impresión de que hay personas que “lo ven todo negro”. Incluso nosotros, a veces vemos todo negro; o “lo  vemos todo muy claro” o “color de rosa” o… ¿Cambiamos nuestros ojos o lo que va cambiando son las gafas que, consciente o inconscientemente nos vamos poniendo para mirar la realidad? Y ahí comenzaron mis reflexiones. Recordé cómo algunas de las personas que acuden a mi consulta, en plena fase de enamoramiento, me hablan del ser amado como un ser ideal y maravilloso, carente de defectos con quien van a ser felices toda la vida. Pasados unos meses, toda  esa realidad   se ha transformado y  esa misma persona pasa  a una nueva realidad, “solo tiene defectos”,  “todo era mentira”…  ¿Mentira..?  y así, la relación se va deteriorando hasta que termina. Seguramente, si pudiésemos hablar con la otra persona, nos contaría lo mismo.  ¿Qué ha sucedido? ¿Cambiaron las “gafas rosas del enamoramiento” por las “gafas negras del desamor”? Con frecuencia, este ciclo se repite en diferentes ocasiones a lo largo de nuestra vida ya que somos seres sociales que necesitan amar y ser amados y, aunque “no nos importa estar solos”, lo cierto es que nos encanta “estar en pareja”. Cuando estamos en búsqueda de pareja, ya sea porque no la tenemos o porque aún teniéndola, no nos encontramos satisfechos en la relación, de forma consciente o inconsciente buscamos a esa persona que nos satisfaga totalmente y con la que poder disfrutar el amor. En este caso nos movemos por nuestro entorno con los ojos muy abiertos o, mejor dicho, con unas gafas con las que enfocamos y seleccionamos a aquellas personas que tienen esos atributos que en ese momento son valorados por nosotros y que hemos echado de menos en nuestra actual o anteriores parejas dado que, de antemano, tenemos formada una idea sobre cómo nos gustaría que fuese la persona amada. De esta manera,  cuando nuestro  ser ideal  aparece ante nuestros ojos y cambiamos las “gafas de buscadores” por las “gafas rosas del enamoramiento”, se dispara en nuestro organismo una señal de alarma, entrando en ebullición y produciéndose una fuerte excitación nerviosa. El enamoramiento nos arrastra como un auténtico huracán. Se pone en marcha la química del amor y en nuestro cerebro se produce un aumento en la producción de dopamina, lo que nos hace sentir sensación de plenitud, euforia y cambios de humor. Se trata de un auténtico “cóctel amoroso” en el que, aumenta la producción de los neurotransmisores adrenalina y norepinefrina y disminuye la de serotonina. Otro compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas, la feniletilamina, inunda nuestro cerebro cuando estamos junto al ser amado. Gracias a ellas y al cóctel químico que nos inunda, tenemos la sensación de que nuestro cuerpo y nuestro cerebro han quedado fuera de todo control. Sobre todo en presencia del ser amado… Nuestro corazón late más deprisa, nos sube la presión arterial, sentimos palpitaciones e incluso hay momentos en los tenemos la sensación de que nos falta el aire. Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por el torrente sanguíneo. No es extraño que nos sintamos llenos de energía, belleza y, a edades avanzadas (y no tan avanzadas), “como rejuvenecidos”. Gracias al aumento de los niveles de endorfinas y encefalinas, tenemos la sensación de “andar todo el tiempo como en una nube”. Como consecuencia del aumento de los niveles de testosterona y progesterona, estamos más activos sexualmente, experimentando un aumento del deseo y de la frecuencia  del impulso sexual. Cuando vemos al ser amado nos ruborizamos, sentimos escalofríos, cosquilleos o lo que llamamos “mariposas en el estómago”. Pestañeamos más, nuestras pupilas se dilatan, la temperatura corporal se eleva y el organismo secreta sudor debido al nerviosismo. A unas personas les sudan las manos;  a otras la frente o los pies e incluso cambia nuestro olor corporal. En nuestro organismo se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular, lo que permite a los enamorados permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin apenas sensación de cansancio o de sueño. También puede producirse tanto hiperactividad como hipoactividad, de tal maneara que en unas ocasiones sentimos una energía arrolladora y en otras nos quedamos paralizados en presencia del ser amado. Además de estos y otros “síntomas físicos”, el enamoramiento también produce un amplio abanico de “síntomas psíquicos”  y de distorsiones de “la realidad”. Gracias al aumento de dopamina y norepinefrina, el ser amado se convierte en el centro del Universo en detrimento de cualquier otra cosa o persona. Todo gira en torno a ella o a él. Miramos al amado como algo único y nuevo. Cada vez que nos enamoramos  lo hacemos como “una experiencia nueva” gracias a que la dopamina favorece el aprendizaje de estímulos novedosos. El aumento de los niveles de norepinefrina, que favorece el recuerdo de estímulos nuevos, hace que recordemos detalles minúsculos de esa persona y del tiempo que hemos pasado juntos. La disminución de serotonina produce un pensamiento obsesivo haciendo que no seamos capaces de apartarle de nuestro pensamiento. Sentimos en todo momento la imperiosa necesidad física de estar en presencia de la otra persona. No concebimos vivir un solo minuto de nuestro tiempo sin estar a su lado. Aparece el irrefrenable deseo de ser correspondidos (nuestro mundo se hundiría si no lo fuésemos) y por supuesto de fusionarnos.  Buscamos la forma de tener cosas en común, nos aficionamos a aquello que jamás hubiésemos imaginado sólo por tener la oportunidad de compartir y agradar al otro. Si aparecen obstáculos en la relación, se produce el “efecto Romeo y Julieta” aumentando los niveles de dopamina en el cerebro, lo que hace que los síntomas anteriores se intensifiquen. ¡Nada puede interponerse entre nosotros! Idealizamos al otro, a quien vemos carente de defectos. Magnificamos sus virtudes, ya sean reales o imaginadas y nos vivenciamos a nosotros mismos con una clara sensación de omnipotencia. De esta manera, con toda esta maravillosa “química del amor” ocupando nuestro cerebro, nos vemos sumergidos en esa “locura pasajera” a la que Ortega y Gasset denominó estado de "Imbecilidad transitoria". Irremediablemente, llevamos puestas las chispeantes “gafas rosas del enamoramiento”. Así, en plena distorsión de la realidad y en una clara idealización tanto del otro como del yo, cuando contemplamos al  ser amado, no le vemos tal y como realmente es, sino que, con nuestras gafas rosas, sólo vemos aquello que responde a los atributos que tendría  la persona que nos gustaría que fuese. Los defectos quedan fuera del campo de visión de estas gafas y, lo que es más interesante, son capaces de enfocarse en “virtudes” que, en realidad no existen. Pero hete aquí que, si nos ponemos unas “gafas esotéricas y clarividentes” también “somos capaces de adivinar” cómo es la persona que a él/ella le gustaría que fuésemos y, a partir de estos datos, ya no somos nosotros mismos sino que tratamos lo más posible de adaptaros a esa visión imaginada. Este es el momento en el que intentamos transformar nuestro “Yo Real” por ese “Yo Ideal” que nos gustaría ser o por el “Yo Ideal” que creemos que el otro quiere tener a su lado. Y lo que complica más la cosa es que nuestra pareja está haciendo lo mismo con sus “Yo Reales”, sus “Yo Ideales” y los diferentes “Yoes” que nos atribuye. Llegados a este punto me pregunto… ¿Qué tendría de real esta realidad? ¿De cuántos sesgos la rodeamos? ¿Cuánto tardarán en caérsenos las gafas con las que nos miramos y miramos al otro? ¿Somos víctimas de…“enamoramiento”… “locura pasajera”… “cóctel  amoroso”…  “imbecilidad transitoria”… “borrachera de neurotransmisores”… o lo que realmente sucede es que vamos por el mundo viéndolo todo a través de esas maravillosas y chispeantes “gafas rosas del enamoramiento”? Por si no os lo había dicho, el enamoramiento tiene fecha de caducidad, aunque, ésta no sea la misma para cada miembro de la pareja. Por tanto, como era de esperar, inevitablemente en algún momento la borrachera amorosa que inundaba tanto nuestro cerebro como nuestro cuerpo se hace insostenible. Nuestro organismo tiene una tendencia innata al equilibrio y a la homeostasis. Los niveles de neurotransmisores se regulan. Los Yo Ideales dan paso a los Yo Reales. A las gafas rosas se les van empañando poco a poco los  cristales. Ha llegado la fase final del enamoramiento. Se trata de un tránsito en el que podemos pasar al todo era mentira o, por el contrario, podemos aceptarnos tal como somos, tanto a nosotros mismos como a nuestra pareja. Es el momento de ponerse las “gafas negras del desamor” o graduarnos muy bien las “gafas del amor”. Con las “gafas negras del desamor”,  se acabó la química, la magia, la chispa… y vemos en la otra persona a alguien a quien no reconocemos. Ya no nos sentimos enamorados, finalizamos la relación y, pasado un tiempo comenzamos una nueva búsqueda. Con las “gafas del amor”, por el contrario, ¡llegó el momento en que estaremos en disposición de construir un modelo de amor  más consciente y maduro! Y es que, una cosa es estar enamorado y otra cosa muy distinta es amar. Lo primero es como estar en el centro de un huracán. Lo segundo es una travesía de la mano de nuestra pareja. Así que llegó la hora en que la turbulenta química anterior de paso a las “moléculas del amor”, oxitocina en las mujeres y vasopresina en los hombres, que intervienen en el establecimiento de relaciones de cariño, de apego, de compromiso o de responsabilidad. En definitiva, ha llegado el momento de asomarse a la ventana y decidir, independientemente de que haga frío o calor, de que brille el sol o esté nublado, de que haya nevado o diluviado la noche pasada, con qué gafas queremos mirar el parque por el que podremos pasear, o saltar charcos, o salpicarnos, o sentarnos en un banco o, sencillamente, saborear el amor junto a nuestro ser amado... Como todos hemos experimentado a lo largo de nuestra vida y de nuestras sucesivas relaciones,  unas veces  por cuestión de química y otras por cuestión de gafas, lo cierto es que, las cosas del amor, en ocasiones nos resultan mucho más complicadas de lo que nos gustaría.  Afortunadamente, para esos momentos en los que no nos sentimos felices con las gafas que llevamos puestas, o en los que todo parece tan borroso y complicado, deciros que, con las gafas adecuadas para cada caso y una correcta graduación, podremos llegar a ver las cosas  con total nitidez. Para ayudarnos a conseguirlo, existen “Ópticas Especializadas” en las que psicólogos expertos en terapia de pareja pueden prestarnos el apoyo que en cada caso podamos necesitar. ©  Yolanda Rincón Psicóloga, Máster en Sexualidad y Terapia de Pareja AB Minerva Psicólogos
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